miércoles, 15 de abril de 2020

Por qué no queremos ser princesas

Me planteo escribir esto, básicamente porque todavía me encuentro bajo los efluvios de mi última lectura de Caitlin Moran y en su epílogo desmenuza esta reflexión: lo que han cambiado la perspectiva de esa idea que desde niñas se nos forma de "querer ser princesas". Desde luego las respuestas son fáciles y lógicas si lo piensas, ¿por qué las niñas, desde niñas, ya no quieren ser princesas?

Primera hipótesis: Las princesas caen por su propio peso. Conforme crecemos, hemos despertado al mundo y ya tenemos claro clarinete que Ariel no se va a los bancos del parque a comer pipas y beber coca cola con las amigas, joder, si es que no tiene amigas; Cenicienta no va de compras o, simplemente a ojear prendas en Bershka, la ropa se la cose unos ratones; Aurora (y ninguna de las demás pink princess, para qué engañarnos) coquetea, tiene citas con otros hombres o intenta conocer sus opciones: se casa con el primero que le roba un beso. Eso en tiempos de mi abuela vale, pero ahora... Que no, que el estilo de vida de una princesa al uso no nos representa, son asociales por completo.



Segunda hipótesis: El fracaso de las bodas reales. Lady Di, en sus tiempos, era la chica que en el momento de casarse con Orejitas Charles, todas querían ser, fue la boda del siglo, una auténtica novia-princesa con un vestido que se sostenía por sí solo, el carro de caballos, el rostro de esa alegría ingenua virginal. "Qué suerte" era lo que pensaban todas. Y mirad la suerte... El mito de la princesa prometida fue decayendo lentamente con las desgracias matrimoniales de la pobre Diana y murió finalmente en el puente del Alma de París con ella. Ha habido intentos por volver a esa ilusión de princesa por sorpresa, como el de Letizia Ortiz, que deja su vida independiente, su carrera periodística en plena efervescencia y sus ideas republicanas por amor al príncipe de España, la chica sigue aguantando el tirón (la ropa de diseño y los bolsos deben de ser una pasada), pero a costa del suplicio de tener una familia política escandalosamente corrupta y que, sorprendentemente, nunca la han terminado de aceptar. Con Kate Middleton ya no hubo tanta envidia y entusiasmo, al revés "Pobre chica, va a estar toda su vida seguida por paparazzis y siendo juzgada con una lupa gigantesca por cada movimiento, paso mal dado o vestido que repita en dos ocasiones" y Meghan Markle ya hemos visto, no ha aguantado ni un año, "amo a mi chico pero me quiero más a mi misma y a mi salud mental. Me largo a Canadá con mi familia y que la realeza británica siga tomando té sin mi". Con Meghan Markle y su fuga ha muerto el ideal de princesa, ¡Las princesas huyen de su reino! Está muy claro, ¿no?

Tercera hipótesis: Nuevos ídolos. Antes, cuando eras pequeña y te preguntaban qué querías ser de mayor: princesa; de qué te querías disfrazar ese año en carnaval: de princesa, obvio; a qué te gusta jugar en los recreos con tus amigas: a princesas. Princesas. PRINCESAAASSS. Y ahora, ¿Quién quiere ser princesa existiendo Lady GaGa, Rosalía, las influencers, Bella Swan o Katniss Everdeen? El cambio lo vale: ídolos del pop, empresarias que se lucran en las redes sociales, heroínas fantásticas con autodeterminación y poder. Bye, bye, princesas.

Cuarta hipótesis: Las WAG. El término WAG viene de las siglas inglesas "WIves And Girlfriends" para referirse a las atractivísimas novias y esposas de futbolistas. Éstas son la nueva alternativa al itinerario de una princesa de cuento de hadas del rollo "chica conoce a chico". Una WAG sale de la nada, su virtud es su cuerpo y su belleza, se ennovia y, en el mejor de los casos, se casa con un futbolista de éxito creando con él una familia numerosa, pariendo un hijo tras otro como nunca imaginó, y a cambio, le cambia la vida por completo: se convierte en modelo, imagen de firmas y productos, concede entrevistas, le ceden ropa de diseño, bolsos de diseño, zapatos de diseño, la invitan a fiestas de las que se posa en los photocalls y no tiene que marcharse antes de las doce, pueden comportarse como quieran en público, que no se las juzgará igual que a Kate Middleton y a las suyas (ventajas de princesa pero sin serlo)... Aunque hay un precio a pagar, está implícitamente claro que una WAG va a ser una cornuda permanente o al menos está la posibilidad, y ante eso, deberán mantener el tipo y contratar a niñeras feas siempre. Pero viendo todo lo demás, el precio no es tan alto, o eso parece, visto lo visto. La únicas WAGs que no metería en esta lista son a Victoria Beckham (aunque haya sido cornuda). Shakira y Tamara Gorro, estas ya eran conocidas y habían hecho su camino antes de conocer a sus futbolistas, las conocíamos a ellas antes que a ellos, en la camiseta de Ezequiel Garay no debería poner Garay 24 sino Marido de la Gorro 24, así no habría confusión.

La cuestión es que la imagen y/o simbolismo de la "princesa" ha cambiado, está sufriendo una metamorfosis y creo que la sociedad, el feminismo, la cultura y todos los que puedan implicarse, deberían no dejar escapar esta oportunidad para sustituir a los referentes de las nuevas generaciones de niñas por influencias más ralistas y productivas a largo plazo.

¿Podremos?

De momento, las que nos hemos criado en los 90, vayamos preparando el funeral de Blancanieves, pero ya el de verdad.

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