sábado, 16 de mayo de 2020

De madre a madre



Se me hubiesen podido ocurrir decenas de temas que comentar o desglosar en este espacio. Podría haber hablado de cualquier noticia banal o divertida, de sucesos absurdos u opiniones sexistas que criticar. Pero me es imposible hacerlo, no me salen las palabras para escribir sobre lo ajeno, aunque me impacte muy de cerca. Ni siquiera me apetece compartir mi miedo ante la Fase 1, estoy harta de Covid-19, de las noticias, de los políticos... A veces escribo poemas, pero este no es el espacio para compartirlos.
No.
No.
Y no.
Desde ayer, cada vez que leo una noticia sobre el tema, se me nublan los ojos y se me encoje la garganta, ¡Fíjate! ¿Quien me lo iba a decir a mí? Todo esto es por el hijo de Ana Obregón: el niño que me caía mal cuando lo veía morder los micrófonos, la actriz que me parecía (según mis prejuicios) demasiado frívola y todo lo demás que nos muestra la prensa. Pero ayer, por primera vez, empaticé con Ana Obregón: me puse en su lugar, pensé en cómo podría sentirme si en esos momentos yo estuviera viviendo su pena, la muerte de su único hijo; no duró mucho el ejercicio, me faltó la respiración al instante y me puse a llorar como una magdalena, lo juro; incluso me sentí mal por haber juzgado de forma negativa durante tanto tiempo a una persona con la que, en estos momentos siento tanto respeto.
Después de esto he estado reflexionando y sí, puedo asegurarlo: ser madre te cambia, te hace más humilde y te enseña a ponerte en el lugar del otro, te hace más humana. No quiero decir con esto que quien no es madre no es humana, para nada, que no se me malinterprete, pero como en todas las experiencias vitales importantes, ésta, la maternidad, supone un empujoncito a la la hora de intentar ponerse en el lugar del otro, que nunca es fácil. Probablemente si no fuera madre, el respeto por una persona que acaba de perder a un hijo y por el propio hijo, lo tendría, eso creo que forma parte de la ética de cada uno; pero quiero ir más allá, hablo del sentimiento, de vivir ese dolor en mis carnes. De verdad que intentando comprender a esta mediática actriz, lo he sentido y ha sido horrible: conforme me imaginé el pasar por ese trance, fui corriendo al lado de mi pequeñín y no me separé de él durante el resto del día y más tarde, intentando grabar ese instante de él y yo solos; en el trabajo, estuve pensando "¿Qué estará haciendo ahora esta mujer? ¿Tendrá ganas de comer, de dormir, de respirar? ¿Se puede plantear una madre seguir con su vida después de eso o simplemente se deja llevar a ver qué pasa? ¿Vuelven las ganas de vivir? 
De verdad, yo, que me negué a ver Ana y los siete, que me reía de esa carrera de bióloga-guionista, que criticaba esos posados veraniegos... puedo decir que siento una melancolía compartida, no por la mujer, ni por la actriz, ni por la bióloga, ni por la celebrity, sino por la madre. Creo que existe un hilo invisible que nos conecta a las que sufrimos como madres y que, sin conocernos personalmente, somos capaces de vivir y sufrir lo que podría estar viviendo y sufriendo la otra.
Yo no sé si existe el cielo o si nos reencarnamos en algo, pero cuando una tragedia así, tan antinatural, ocurre: que una madre le sobreviva a un hijo, que lo tenga que ver agonizar con apenas 27 años, solo espero que la vida terrenal que toca seguir viviendo después de todo eso, sea lo suficientemente llevadera para no consumirse, porque después de eso, creo que da igual si hay cielo o infierno tras la muerte, lo único que quieres es volver a ver a tu hijo y lo demás te sobra.
Mucho ánimo a las madres que les toca despedir a sus hijos, eso no debería ocurrir, nunca.
















sábado, 9 de mayo de 2020

Mis series y yo

Creo que si a tod@s o a casi tod@s nos une algo de este periodo de cuarentena es el masivo consumo de series y, a consecuencia y debido a las escasas relaciones sociales que tenemos, la mimetización que sufrimos de éstas. No quiero imaginarme qué hubiera ocurrido si me hubiese visto las siete temporadas de Juego de Tronos en pleno Covid-19, soñaría en el sofá despierta, imaginando que voy volando sobre un dragón por encima de los tejados de mi barrio y gritándole al oído "Dracarys, dracarys!!!" para que suelte su fuego a todos esos cabrones que salen a pasear a la calle de forma masiva y sin mascarillas. Pero eso ya pasó, forma parte de mi otra cuarentena, la del posparto.

Sin embargo, sí es cierto que tengo algunas series con las que creo que me estoy obsesionando; comencé a verlas para evitar las noticias, las ruedas de prensa de don Sánchez y don Simón y los programas sensacionalistas y ahora es superior a mí, no puedo parar.
Al principio de esto me invadió la fiebre vampírica, echaba de menos el rollito Crepúsculo y en HBO vi que estaba toda la serie completa de True Blood. Es una serie para no tomársela muy en serio porque ahí solo se dedican a darle como conejos y a hincarse el diente, pero una termina fantaseando con la idea de conocer a un vampiro de modales sureños, de la época de la guerra de secesión, William Compton, y después paso al aburrimiento y prefiero al rey bárbaro, Eric Northman y pienso, joder con la Sokie Steakhouse, esa chica pasa de ser una camarera de bar de carretera con una vida aburrida a ser la amante de los vampiros nº1. He de decir que ya me he cansado un poco, se están mezclando vampiros, licántropos, cambiantes, hadas y no sé qué más, y se les está yendo de las manos.
En realidad, ya no sigo tanto True Blood porque descubrí LA SERIE, con sus 15 temporadas completas en Amazon Prime, ¡toma ya! Anatomía de Grey. Sí, tiene muchos años, pero es que comenzó a emitirse en una época en la que había mucha serie de médicos (House, Hospital Central etc) y Médico de Familia ya había hecho mucho daño. Pero me he reconciliado con las series de médicos, vaya que si me he reconciliado, no veo otra cosa y lo mío con Preston Bourke ha sido amor a primera vista, ¡qué cirujano! Su historia de amor raruna con la dra. Yang me hace sufrir mucho, y es que la pareja principal, Derek y Meredith, para mi gusto son muy predecibles, insulsos y han pasado a un segundo plano. Y por supuesto, Addison Montgomery es mi ídola, en otra vida tengo pensado ser una ginecóloga cañón como ella. Esta serie me va a llevar tiempo, la comencé en la cuarentena, voy por la 3ª temporada y, de momento no me aburre, cualquier día me ven por la casa en bata, la mascarilla ya la tengo.
El descubrimiento más reciente es The Boild Type: tres amigas
jóvenes que viven en Nueva York y que trabajan en diferentes departamentos de la revista femenina más importante del mundo. Un Sexo en Nueva York pero con veinteañeras. Las veo, tan jóvenes, tan monas, tan bien vestidas, con unos trabajos en los que siempre tienen tiempo de irse a charlar a los vestidores o a las cafeterías y con ocupaciones tan divertidas. Yo quiero ser una redactora de una revista así, ¡¡¡quiero ese trabajo!!! Pero no, me conformo escribiendo para mí.
Ahora estoy esperando a que otra de mis series favoritas, Insecure, que ya ha lanzado su 3ª temporada, ponga sus capítulos con voz en castellano, porque mi cabeza nunca ha dado para leer subtítulos y seguir la imagen de quien habla; y es que, de vez en cuando, también me gusta creer que puedo ser una afroamericana estilosa de Los Ángeles, con joyas doradas que pesan un quintal, jerga de "sisters", ropa rara choni y de cojones pero que sienta genial y peinados que estrangulan el pelo.

Estas son mis series, un día quiero ser amante de vampiros, otros una sexy cirujana de obstetricia, generalmente una redactora de una revista femenina y lo que se presente. Mientras esto dure, hay que echarle imaginación, el resto lo pone la tele.

sábado, 25 de abril de 2020

Tremend Tropic

Recuerdo de cuando comenzaba a navegar por internet con más asiduidad, cuando las redes sociales empezaban a convertirse en la nueva agenda de eventos y en la biblia de lo que era y lo que no era tendencia, las palabras nuevas: likes, influencers, histories, hastags... Un día, con esa intención de encajar que nos convierte a todos los seres humanos en idiotas, se me ocurre a mí decir, queriendo utilizar palabrejas de estas de las 3.0. 4.0 o ya no sé si vamos por 5.0: "Por lo visto esta noticia de hoy es tremend tropic!", se me quedan mirando..., "Querrás decir trending topic...". Iba a decir "Sí, perdón" acompañado de ese pensamiento de tierra trágame y escúpeme diez minutos antes para mentalizarme de que no debo cagarla haciendo comentarios de cosas que no conozco, pero no. No: "Qué va, quería decir tremend tropic". Y tan pancha me quedo.
Me digo a mí misma: voy a crear un nuevo concepto en el que yo y la gente como yo podamos encajar.
Como todas y todos ya sabréis (porque yo ya lo sabía, no he hecho un búsqueda rápida en Internet), el concepto de Trending Topic, que lo oímos a diario en los programas de la tele y las redes, se refiere a lo que es tendencia, a lo que tiene más repercusión y repetición en las redes sociales, en un momento y lugar en concreto y de lo que todo el mundo habla e imita, puede ser una frase, un acontecimiento, un hecho propio de una persona, la propia persona en sí. Porque sí, tú mañana puedes ser Trending Topic. Así va el plan en el mundo de las RRSS.
Pero, ¿y las personas que se inician en el mundo de Internet y sus altibajos? ¿Y los acontecimientos que son relevantes para personas concretas: puede que no tengan un alcance social impresionante pero a las seis u ocho personas que les llegue les cambia la vida? Para todo eso, Tremend Tropic.
Recientemente, como escritora y futura influencer de la literatura, me estoy intentando mover más por las redes, concretamente en Instagram: el jueves pasado hice mi primer Directo ¡el primero, yuhuuu!, después de haberme estado grabando toda la semana y habiéndome cascado media botella de vino tinto antes de la cita con mis fieles seguidores, por esa cosa de calmar los nervios, sobreviví a esa prueba de fuego de la gente influyente, tanto, que me ha dado tal subidón que ahora solo tengo ganas de grabarme para hablar. El irecto tuvo un antes y un después, subió mi lista de seguidores ligeramente, unos 20 más, y eso para un influencer es poco, pero para un futuro influencer es máS que prometedor, ¡Tremend Tropic, no hay duda! 
Mi ritual de iniciación en este mundo y que ya te define como tal, fue el incidente del pito: una persona le dio a seguirme y yo pensé "Mejor, más seguidores, más likes: no voy a seguirle porque no sé quién es, pero no me molesta", quiso hacerme una videollamada por Instagram y la rechacé: no cariño, soy una futura influencer, no puedo ser tan facilona; y ya el otro día me envió una foto y cuando le dí a abrir, me salió un pene, un pito, una chorra, una verga, que en seguida borré y quité de mi pantalla, a penas la recuerdo, delete, delete, sin público ni intención de hacer un papelón, me puse nerviosa, como si nunca hubiera visto un pito e hice lo que hay que hacer en estos casos y que todo futuro influencer debe saber, un BD: Bloquea-Denuncia. Ahí comenzó mi gran reflexión: todo este movimiEnto de redes me ha convertido en Tremend Tropic, aún no soy de esas cuentas que tienen el circulito azul, las importantes, pero, ¡me han enviado el primer pito-acosador, ya soy lo suficientemente importante como para privatizar mi cuenta! ¿Lo hago? ¿la privatizo o me espero un poquito más y doy visibilidad a los curiosos? Es tan difícil ser Tremend Tropic, estás aún en tierra de nadie y cada decisión cuenta. Pero me han enseñado el primer ciber-pito, he hecho el primer de muchos Directos, a subido mi lista de seguidores en un día más que en todo un año, esto es una nueva era para mí, puede que al resto del mundo le importe una mierda, si les importara, yo sería Trending Topic, pero no, yo soy Tremend Tropic, ¿entendéis ya la 
diferencia? ¡Es incluso mejor, ¿no?!


Para Tremend Tropic, la entrevista que tengo mañana domingo en directo en mi cuenta de Instagram, a las 19:30, sobre mis novelas y mis cositas de escritora. No os confiéis, seguidme, que dentro de poco voy a ser super famosa y con tanto pito voy a tener que privatizar mi cuenta. 
Aprovechad ahora para seguirme, ahora que todavía soy Tremend Tropic.

miércoles, 15 de abril de 2020

Por qué no queremos ser princesas

Me planteo escribir esto, básicamente porque todavía me encuentro bajo los efluvios de mi última lectura de Caitlin Moran y en su epílogo desmenuza esta reflexión: lo que han cambiado la perspectiva de esa idea que desde niñas se nos forma de "querer ser princesas". Desde luego las respuestas son fáciles y lógicas si lo piensas, ¿por qué las niñas, desde niñas, ya no quieren ser princesas?

Primera hipótesis: Las princesas caen por su propio peso. Conforme crecemos, hemos despertado al mundo y ya tenemos claro clarinete que Ariel no se va a los bancos del parque a comer pipas y beber coca cola con las amigas, joder, si es que no tiene amigas; Cenicienta no va de compras o, simplemente a ojear prendas en Bershka, la ropa se la cose unos ratones; Aurora (y ninguna de las demás pink princess, para qué engañarnos) coquetea, tiene citas con otros hombres o intenta conocer sus opciones: se casa con el primero que le roba un beso. Eso en tiempos de mi abuela vale, pero ahora... Que no, que el estilo de vida de una princesa al uso no nos representa, son asociales por completo.



Segunda hipótesis: El fracaso de las bodas reales. Lady Di, en sus tiempos, era la chica que en el momento de casarse con Orejitas Charles, todas querían ser, fue la boda del siglo, una auténtica novia-princesa con un vestido que se sostenía por sí solo, el carro de caballos, el rostro de esa alegría ingenua virginal. "Qué suerte" era lo que pensaban todas. Y mirad la suerte... El mito de la princesa prometida fue decayendo lentamente con las desgracias matrimoniales de la pobre Diana y murió finalmente en el puente del Alma de París con ella. Ha habido intentos por volver a esa ilusión de princesa por sorpresa, como el de Letizia Ortiz, que deja su vida independiente, su carrera periodística en plena efervescencia y sus ideas republicanas por amor al príncipe de España, la chica sigue aguantando el tirón (la ropa de diseño y los bolsos deben de ser una pasada), pero a costa del suplicio de tener una familia política escandalosamente corrupta y que, sorprendentemente, nunca la han terminado de aceptar. Con Kate Middleton ya no hubo tanta envidia y entusiasmo, al revés "Pobre chica, va a estar toda su vida seguida por paparazzis y siendo juzgada con una lupa gigantesca por cada movimiento, paso mal dado o vestido que repita en dos ocasiones" y Meghan Markle ya hemos visto, no ha aguantado ni un año, "amo a mi chico pero me quiero más a mi misma y a mi salud mental. Me largo a Canadá con mi familia y que la realeza británica siga tomando té sin mi". Con Meghan Markle y su fuga ha muerto el ideal de princesa, ¡Las princesas huyen de su reino! Está muy claro, ¿no?

Tercera hipótesis: Nuevos ídolos. Antes, cuando eras pequeña y te preguntaban qué querías ser de mayor: princesa; de qué te querías disfrazar ese año en carnaval: de princesa, obvio; a qué te gusta jugar en los recreos con tus amigas: a princesas. Princesas. PRINCESAAASSS. Y ahora, ¿Quién quiere ser princesa existiendo Lady GaGa, Rosalía, las influencers, Bella Swan o Katniss Everdeen? El cambio lo vale: ídolos del pop, empresarias que se lucran en las redes sociales, heroínas fantásticas con autodeterminación y poder. Bye, bye, princesas.

Cuarta hipótesis: Las WAG. El término WAG viene de las siglas inglesas "WIves And Girlfriends" para referirse a las atractivísimas novias y esposas de futbolistas. Éstas son la nueva alternativa al itinerario de una princesa de cuento de hadas del rollo "chica conoce a chico". Una WAG sale de la nada, su virtud es su cuerpo y su belleza, se ennovia y, en el mejor de los casos, se casa con un futbolista de éxito creando con él una familia numerosa, pariendo un hijo tras otro como nunca imaginó, y a cambio, le cambia la vida por completo: se convierte en modelo, imagen de firmas y productos, concede entrevistas, le ceden ropa de diseño, bolsos de diseño, zapatos de diseño, la invitan a fiestas de las que se posa en los photocalls y no tiene que marcharse antes de las doce, pueden comportarse como quieran en público, que no se las juzgará igual que a Kate Middleton y a las suyas (ventajas de princesa pero sin serlo)... Aunque hay un precio a pagar, está implícitamente claro que una WAG va a ser una cornuda permanente o al menos está la posibilidad, y ante eso, deberán mantener el tipo y contratar a niñeras feas siempre. Pero viendo todo lo demás, el precio no es tan alto, o eso parece, visto lo visto. La únicas WAGs que no metería en esta lista son a Victoria Beckham (aunque haya sido cornuda). Shakira y Tamara Gorro, estas ya eran conocidas y habían hecho su camino antes de conocer a sus futbolistas, las conocíamos a ellas antes que a ellos, en la camiseta de Ezequiel Garay no debería poner Garay 24 sino Marido de la Gorro 24, así no habría confusión.

La cuestión es que la imagen y/o simbolismo de la "princesa" ha cambiado, está sufriendo una metamorfosis y creo que la sociedad, el feminismo, la cultura y todos los que puedan implicarse, deberían no dejar escapar esta oportunidad para sustituir a los referentes de las nuevas generaciones de niñas por influencias más ralistas y productivas a largo plazo.

¿Podremos?

De momento, las que nos hemos criado en los 90, vayamos preparando el funeral de Blancanieves, pero ya el de verdad.

domingo, 15 de marzo de 2020

Desde el encierro

Hemos iniciado un periodo en el que vamos a poner nuestra paciencia y el valor de nuestras relaciones a prueba. Con esta cuarentena mucha gente bromea con establecer un teléfono de asistencia psicológica para no acabar divorciándose o estrangulando al hijo; otras personas directamente exponen que, con este encierro, se van a llevar un chasco cuando se den cuenta de que realmente no conocen a las personas con las que conviven diariamente; las personas más dinámicas e imaginativas no hacen más que lanzar propuestas para hacer actividades en casa y/u on line para no caer en la locura: presentaciones literarias y cuenta-cuentos en directos de Instagram, manualidades con niños, quedadas en los balcones... Ahí nos damos cuenta de las verdaderas fortalezas y debilidades humanas. 
Solo es el segundo día de encierro, por dios. Qué fácil es obviar la libertad cuando la tenemos. Qué sencillo es señalar con el dedo posibles culpables mientras esperamos a que otros nos salven el culo. De repente, los futbolistas y las estrellas del pop pasan a un segundo plano, y el personal sanitario, la policía, los trabajadores de supermercados y pequeñas tiendas de abastecimiento, los cuidadores y educadoras de centros de 24 horas comienzan a despuntar, a dejar de ser invisibles.
Yo no se si las cosas pasan por algo, no sé si las desgracias globales tienen una función natural o un origen místico, sinceramente, en el caso del coronavirus (todavía no lo había llamado por su nombre de pila, como si al nombrarlo 3 veces fuera a salir del espejo y atacarme), no es un modo de que la naturaleza busque el equilibrio y nos castigue por lo cabrones e insensatos que hemos sido: esto ha sido una decisión de los poderosos para cargarse a los pensionistas y demás colectivo dependiente para que dejen de generar gasto en la economía occidental y, de paso, invertir la pirámide poblacional. Bueno, al menos eso creo. Pero de todo, aunque sean putadas intencionadas como esta, hay que sacar una enseñanza y un algo positivo. También hay que aprender a desaprender. Esto puede volver a hacer que valoremos las palabras cooperación, comunidad y relación de ayuda y que dejemos a un lado el individualismo y el consumismo.
Puede que después de todo esto retomemos nuestros proyectos con más ilusión, valoremos más a nuestra familia y amigos y aprendamos a no tomarnos a la ligera ciertas indicaciones que se recomiendan por algo. 
¿Qué saco yo de positivo en todo esto? 
Vuelvo a teclear en este blog que tan abandonado tenía debido al ritmo de vida que me exijo.
Me he establecido metas personales y que tienen que ver con la dedicación y el auto cuidado que hacía tiempo que no me planteaba.
Creo firmemente que mi pareja y yo podemos ser los mejores padres del mundo para nuestro hijo y que nuestra pequeña familia salga fortalecida de este periodo.
A mi familia y amigos, las personas importantes en mi vida pero con las que no comparto techo en estos momentos, mis abuelas, mis padres, mi hermano... voy a tener unas ganas enormes de abrazarles, yo, que no suelo hacer esas cosas de contacto físico.
Tengo un niño maravilloso que no necesita de grandes tecnologías para entretenerse, solo que juguemos con él y le dediquemos tiempo y eso es incuestionable. 
Tengo un proyecto literario entre manos, que saldrá a la luz más tarde de lo que pensaba, pero cuando salga lo valoraré todavía más, me sentiré más satisfecha de esa novela.
Me siento más orgullosa que nunca de mi profesión, trabajadora social y educadora en un centro de protección de menores y en estos días intentaré ofrecer a mis niños todo lo mejor de mí. En mi caso, el teletrabajo no es una opción.
Desde el encierro, reflexionemos todos, creo que nos vendrá bien.
Feliz domingo.

domingo, 3 de noviembre de 2019

Normalizar lo que es normal

Soy una mujer que, desde el nacimiento de mi niño, le he alimentado mediante lactancia materna a demanda y eso implicaba (y sigue implicando) el tener que sacarme la teta en el salón de mi casa o en una terraza de una plaza concurrida, subirme la camiseta y desabrocharme el sujetador por los pasillos del supermercado y realizar una serie de acrobacias varias con el niño, el bolso, el carro, (la dignidad) y mis dos bracitos.

Antes de nacer Joel le daba vueltas a eso de amamantar en cualquier sitio, porque si lo iba a hacer lo quería hacer bien, y me preguntaba si llevaría bien eso de sacarme la teta en una cafetería o delante de amigos, siendo yo tan pudorosa en ese tema,



que jamás
 me hubiera planteado hacer topless en la playa de mi barrio, por ejemplo. Y el caso es que en el momento en que comencé a alimentar a mi hijo, las dudas desaparecieron y todo comenzó a fluir de forma natural: era una madre que estaba alimentando a su criatura, no estaba haciendo nada que no hiciera una perra o una gata con sus cachorros, era pura naturaleza. Además, no soy ninguna pionera porque existen muchísimas mujeres que practican y comparten este estilo de crianza a todos los niveles. El caso es que, desde ese primer instante deje de ver mis pechos como algo femenino o sexual, para comenzar a tratarlos como una fuente de alimento de total exclusividad.
Hasta ahí todo bien, no aporto nada nuevo, como ya he dicho, no soy ni la primera ni la última, no estoy haciendo nada extraordinario y la sociedad, a pesar de que se ha amamantado durante siglos y esta misma práctica se ha visto "fea" durante otros tantos años por culpa de esa fase hipócrita y puritana que pasó en su día, parece que ya ve con buenos ojos a una mamá dando teta a su bebé, ¿O no es así?
Hay momentos en los que me vuelvo a hacer esta pregunta: ¿Está la sociedad realmente preparada para normalizar en su totalidad el acto de amamantar en público? Yo creo que no. Y voy a explicar dos ejemplos de ello.
El primero, y es de hace poquito, sucedió mientras mi marido, mi peque y yo hacíamos una ruta de senderismo por un parque natural precioso, el nene ya tenía hambre, sueño o las dos cosas y, como estábamos a mitad de camino, decidí continuarlo con él en brazos y tomando la teta, que se relajara con ese ambiente de naturaleza y con el poder de la succión. En ese momento pasaron caminando y nos adelantaron un niño y su padre, el niño se quedó mirando con una cara de sorpresa, como si hubiese encontrado el escondite de la revista porno de su hermano mayor, y en seguida fue a decirle a su padre, tirándole del brazo, "Mira, mira" y mirando hacia tras, o sea, a mí; el padre debo decir que se vio apurado a encontrarse con la tesitura de su hijo señalando a una desconocida con la teta fuera, puedo entenderlo, pero su reacción fue decirle "Calla" y darle un empujoncito para que siguiera hacia adelante. Yo pienso que en muchos casos no se está educando en la infancia para normalizar la lactancia, ese padre podría haber aprovechado para decirle a su hijo, "Sí, está dándole de comer a su bebé", pero en lugar de eso vetó cualquier explicación, perdió una oportunidad extraordinaria para tener una bonita conversación con su hijo y para aportar más naturalidad al asunto de dar pecho. Puede que muchos niños que reciben este tipo de explicaciones vedadas con respecto al tema crezcan considerando la lactancia como algo que hacer en privado, algo bochornoso al fin y al cabo.
El segundo ejemplo es algo muy generalizado, un compendio de un montón de comentarios que me han hecho muchas veces en la calle, en el parque o en cualquier sitio transitado, que tienen muy buena intención pero que con su sola exaltación ya están tratando el que yo amamante como algo extraordinario: "Nena, muy bien, no hay que esconderse", "Yo haría lo mismo", "Qué bonito dar teta en la calle y a quien no le guste que no mire", "Estás haciendo lo más natural del mundo". Estas frases me las han dicho personas que me he cruzado o que me han visto mientras yo daba teta, personas que yo no conocía de nada y que se habían acercado a decirme todo esto sin que yo se lo pidiera ni plantearse si me molestaría esa interrupción. Está claro que hay una muy buena intención en estas palabras, es un modo de solidarizarse y de decir que están conmigo y me apoyan y me entienden... Pero, si necesito esa solidaridad y ese apoyo es porque lo que estoy haciendo NO ES NORMAL; si me siento en un banco a darle de comer a las palomas, nadie viene a decirme "Qué bonito lo que haces", "Qué bien hecho", etc, etc... Lo normal es que si yo estoy dando teta, la gente que pase por mi lado no me mire de arriba a abajo, pero que tampoco glorifique lo que hago, simplemente que pasen y si me conocen, que me saluden.
Parece mentira pero a estas alturas de la vida, hay tantas cosas que son tan normales por naturaleza que no necesitan justificación, pero a ojos humanos, paradójicamente hay que seguir normalizando porque lo ven como algo ajeno. 
"Normalizar" es un verbo transitivo, "hacer normal una cosa que no lo era o que había dejado de serlo". ¿Cuándo dejó de ser normal amamantar? De eso hace mucho tiempo, pero por lo visto, esa desnaturalización caló tan profundo que, hasta en estos tiempos que nos consideramos todos y todas tan modernos y tan progres, se nos escapan cosillas que empañan ese proceso de normalizar. Y vuelvo a decir, normalizar algo que era normal.

sábado, 21 de septiembre de 2019

Los metros de mi cocina

Llevo unos meses de holgazanería en lo que respecta al blog y a escribir en general; mira que me han venido ideas muy chulas para escribir un post en condiciones, en serio, había días que se me encendía la bombilla, pero faltaban ganas de levantarse; mi sentido arácnido del feminismo se encontraba adormecido. Dormido hasta que esta tarde mis oídos oyen, para en seguida poner atención y escuchar un titular de, ojo, los informativos (el único espacio "serio" que queda en la tele, donde se supone que todavía te costaría cuestionarte una noticia) que da a conocer el borrador del nuevo decreto del Gobierno vasco en cuanto a construcción se refiere, en el que se propone rediseñar los espacios para mejorar la seguridad de las mujeres y así facilitar el compartir las tareas domésticas. Es decir, que los vascos achacan la falta de iniciativa del hombre en las tareas del hogar a no tener una cocina de palacete: la desigualdad de género en el ámbito doméstico reside en los metros cuadrados de ese espacio multifuncional de la casa.
En seguida se me alteró la sangre y me mi cabeza comenzó a echar humo. Pensé, "En serio estoy escuchando esto", me parecía inverosímil, como si fuera producto de una broma generalizada del presentador, nosé, podría pasar, en un programa de radio tienen un espacio de "noticias chorra" que se dedican a dar noticias falsas de este estilo... Pero para mi decepción, lo busqué en el periódico digital y sí, es una noticia de verdad. Vaya.
No me voy a meter en las propuestas del Departamento de Vivienda vasco sobre metros cuadrados y planificaciones de nuevos inmuebles y esas cosas, más que nada porque todo esto sigue pareciéndome irreal. La pregunta que además lanza el periódico digital es ¿Se puede diseñar un edificio de forma deliberada para facilitar la igualdad entre hombres y mujeres, por ejemplo, en materia de corresponsabilidad?. Yo contesto a eso: NO. Y voy a dar mis motivos aunque son evidentes. Cuando cocinamos en una casa, no somos "Los hermanos Torres en la cocina", no vamos a usar los fogones al mismo tiempo, como mucho, uno cocina y la otra friega los platos, y si falta sitio solo es cuestión de esperar a que termine uno para seguir el otro, ya está, tampoco me voy a meter en cómo debe coordinarse cada uno en su casa.
No se trata de tener una cocina más grande, total, al final serían más metros cuadrados que tener que limpiar después (y más metros cuadrados que pagar para la hipoteca), se trata de colaborar entre tod@s y colaborar se puede hacer al mismo tiempo o por turnos. Y colaborar no es ayudar, que le queden claro a esos que van siempre con el discurso de "yo ayudo en casa", no, porque en lo que respecta a las tareas domésticas no hay un responsable oficial y la otra persona le hace un favor, aunque la sociedad ya lo tenga claro de forma implícita. Nos encontramos en un momento en el que tanto hombres como mujeres trabajamos fuera de casa, ya no es que alguien se quede a cuidar del hogar mientras otro trabaja fuera y, por sentido común, se hace esa tarea que, por cierto resta mucho tiempo y no está para nada desconocida ni mucho menos remunerada. Cuando llegamos a casa todos y todas queremos descansar, encontrarnos la comida hecha, la casa limpia, la vajilla guardada, muchos tenemos máquinas que nos facilitan las tareas, pero siempre hay cosas que hacer. Yo puedo arrastrar el mismo cansancio diario que mi pareja, incluso más, ¿por qué tengo que ser yo entonces la que haga la cena? Si tuviera una cocina el doble de grande pienso que nuestra dinámica diaria no cambiaría, bueno sí, tal vez pondría una mesa bien grande ahí para comer directamente todos juntos, pero ya está, si tenemos unas costumbres en plan "tú pones la mesa, yo hago la cena y el niño tira la basura" el espacio no es que influya mucho. La desigualdad en el ámbito doméstico no se soluciona con más metros cuadrados, vuelvo a repetir, se ataja con la educación temprana en los colegios en materia de igualdad y creando rutinas equitativas y justas, horarios, repartos de tareas etc en casa, para que todos y todas colaboremos por igual.
Pero para que todo este rollo que acabo de soltar tenga algún sentido, en la propia casa hay que tener iniciativa, no esperar a que me digan lo que debo hacer.